Viajamos para aprender viviendo
Sobre: Consejos para el viaje, Mitos viajeros, Recomendaciones
Un viaje es una escuela, como la vida. Cada vez que busquemos correspondencias entre los concepto de “viajar” y de “vivir”, hallaremos equivalencias. La vida es un viaje, dice el dicho popular.
Antes de arrancar hacia un destino desconocido, generalmente, es muy poco lo que sabemos acerca de ese lugar que nos espera. Podemos investigar mucho en libros y páginas de Internet, pero nunca llegaremos a aprehenderlo hasta que estemos ahí, viviéndolo, dejando que el lugar nos atraviese y nos marque. Es más interesante llegar a un sitio descubriéndolo por primera vez, como si de un nuevo mundo se tratara; sin embargo, si se es un viajero inteligente, no es aconsejable ir totalmente desprovisto de información porque se puede caer en el error de perderse de visitar puntos estratégicos o dejar de realizar ciertas actividades por ignorar su existencia, y podría ser lamentable. A pesar de eso, el mayor conocimiento se lo adquiere, sin dudas, por inmersión total, “in situ”.
No importa si usted no se sabe de memoria todas las capitales del mundo ni todas las fechas históricas de un país que visita, ni cuánto tiempo duró una civilización determinada, ni la superficie de un océano. No es lo más importante, eso ya no sería ser un gran viajero, sino una gran enciclopedia andante. De todas maneras, nadie negará que produce cierto placer adquirir determinados conocimientos, sobre todo si son de nuestro interés personal, ya que nos enriquecen culturalmente. Los viajeros que conocen mucho mundo poseen un bagaje cultural muy rico, porque todo lo que vemos, hacemos y vivimos suma. Todo se procesa en nuestro interior, todo queda, todo sirve para algo, todo nos enseña a viajar en esta vida, y a vivir en este viaje.
Si va a un país donde se habla otro idioma, o una variedad distinta de su propia lengua, preste atención a lo que se dice y cómo se lo dice, a quién, cuándo y dónde, intente aprender el nuevo idioma y adquirirá también una nueva visión del mundo, porque en una lengua se conserva y se transmite todo el conocimiento de un pueblo. Observe las sutilezas, encierran complejidades interesantes. Preste atención a sus cantos, a sus proverbios, a las vestimentas que usan, las oraciones que rezan, los colores que prefieren. Siempre lleve consigo esta pregunta: “¿por qué será que…?”, hágasela a usted mismo, e intente responderla; no pretenda que la gente local tenga todas las respuestas, no los subestime, como ellos viven inmersos en esa realidad que a usted le resulta extraña, generalmente no se cuestionan los por qués de las cosas que les resultan naturales. El extraño es usted, en todo caso.
Cuanto más aprenda acerca del mundo y de los otros, el viajero más aprenderá acerca de sí mismo. Aprender viajando es un privilegio invaluable, deje que los otros también aprendan lo mejor de usted. Genere el intercambio. Busque la novedad. No sea un espectador pasivo, venza la timidez, no se aisle tanto. El conocimiento no está encerrado en los museos, está por doquier, está en la gente, está en los cantos y en las piedras del camino. Explore con todos sus sentidos.




















