Qué se cuenta sobre Salta

Sobre: Cómo nos ven los viajeros, Recomendaciones

RECOLECTANDO HISTORIAS DE VIAJEROS

-Por Cecilia Hauff-

Sigo interesada en saber qué se cuenta sobre nuestro país; descubro las miradas de viajeros extranjeros, lo positivo, lo negativo, dónde centran su atención, qué es lo que ven como ‘exótico’ de lo nuestro, qué es lo que les resulta banal y que nosotros vemos como maravilloso, esas cositas… Elijo un poco al azar y traduzco del francés porque necesito practicar esta lengua para pedir una beca más adelante. No puedo evitar intervenir a veces con comentarios personales. Elegí Salta para comenzar porque es un lugar que conozco bastante, y los dos primeros relatos son desde puntos de vista diferentes. Por un lado la anécdota extraída del blog personal de un casi anónimo parisino, y por otro lado tenemos un relato más bien ‘de autores’ que escriben para un portal de crónicas de viajes, con derechos de autor y todo eso, así que espero no tener problemas después. Creo que ciertas informaciones de este tipo podrían ayudar a analizar el consumo turístico de nuestro país, para saber qué falla, qué debe impulsarse más, los cuales son datos de interés para la gente que trabaja en el tema.

I- SALTA Y ALREDEDORES


Un viaje de Aline Betschart y Philippe Acar

Aline et Philippe escriben para un sitio muy interesante, Baron & Baron, que reúne a un equipo de escritores francófonos para relatar historias de viajes no tradicionales. Me gusta la mirada fría y crítica que suele tener esta dupla sobre algunos aspectos de la cultura argentina. Esta vez quiero mostrarles su paso por Salta.

Cuentan que después de una vuelta por Chile llegaron a Salta, a dos pasos de la frontera boliviana. Dicen que a pesar de ser la ciudad más colonial del país, no tiene los mismos atractivos que las viejas ciudades mejicanas y andinas. Pero la vida en Salta es indolente y más agradable que en Buenos Aires, y su población es, en su mayoría, indígena.

La quebrada de Cafayate les ha sorprendido con sus formaciones geológicas bizarras, ya que tuvieron tiempo de recorrerla en bicicleta por 47 kilómetros de paisajes de roca gris, azulada u ocre, con ríos atormentados y oasis. En estos paisajes encuentran una mezcla del atlas marroquí y el del cañón de Colorado, con sus rocas que evocan personajes como El Sapo, Los Castillos, La Garganta del Diablo… Se quejan un poco del estado de las bicis que han alquilado.

Nuestros viajeros también estuvieron a bordo del tren de cargas haciendo el recorrido del famoso Tren a las Nubes, que llega hasta la frontera de Salta con Chile. Les llama la atención el reconocido sistema de ingeniería de zigzagueo que tienen los rieles para poder subir tantas toneladas por las montañas, y se muestran orgullosos de haber convencido al chofer de poder hacer una parte del trayecto en la locomotora. “Al aire libre, los pasos de túneles y de puentes suspendidos, ¡eso sí que despeina!”, exclaman maravillados por el vértigo de las alturas andinas.

Nada como la noche en San Antonio de los Cobres: 4 mil metros de altitud y -10 grados sin calefacción.” En los alrededores de este pueblo minero, recorrieron un desierto de sal y escalaron el puente de La Polvorilla, un impresionante dispositivo ferroviario que parece más una montaña rusa que un puente clásico, expresan. Y la verdad es que hay que escalar este puente, estuve ahí una vez hace unos años, y con la altura todo se hace más duro, la cabeza presiona y duele, y el apunamiento llega inexorable, en menor o mayor grado, aunque a ellos parece que no les ocurrió como a mí, porque nada dicen al respecto.

II- BUENA ONDA EN SALTA

Un viaje de Géris

De este viajero sólo sabemos que escribió un blog donde relata, de manera muy personal, su paso por Argentina en agosto de 2008, parece ser francés y tener treinta y pico de años al momento de este recorrido.

Géris cuenta que después de tantas horas de viaje desde Misiones, finalmente se encuentra en Salta, una de las ciudades más bellas de la Argentina, en el NOA, sigla que traduce erróneamente como Noroeste Andino, cuando en realidad se trata del Noroeste Argentino. Lamenta no haber recibido champaña en el colectivo (¡qué escándalo!, dice en tono irónico). Me alegra un comentario que hace sobre Misiones, donde había visitado la casa de Horacio Quiroga, en San Ignacio, uno de sus autores sudamericanos preferidos, comparable por sus obras a Maupassant o a Edgar Allan Poe, admite. Veo que Géris es uno más de los que viajan leyendo.

En Salta planea tomarse dos días para descansar y visitar sitios; por lo tanto, dice con expectativas, “míos serán los Andes, las llamas, las quenas, los quechuas, y todo lo que venga con ellos”. Y es que, normalmente, son éstos los elementos estereotipados con los que esperan encontrarse los viajeros que recorren estas latitudes, ¡ay de tí si no les das un cóndor y una llama durante el tour!

Estoy en Salta a 1.200 metros de altitud, expresa Géris, por lo tanto, no lejos de la cordillera de los Andes. Esta ciudad es una de las más bellas de Argentina con su arquitectura colonial coloreada que me recuerda a las ciudades de Puebla y de San Cristóbal de las Casas en Méjico (‘¿te acuerdas Pascualito?’). Hace un clima magnífico, pero las noches son frescas.”

Seguidamente, Géris nos cuenta que se aloja en un hostel donde se siente muy a gusto, que es uno donde, justamente, yo fui a parar cuando me mudé a Salta hace casi nueve años atrás, y donde viví un tiempo mientras trabajaba. Hoy tiene otro nombre y otros dueños, pero constaté en enero de este año, cuando fui con Noel, que sigue casi igual. Especialmente la buena onda de la gente y sus hamacas colgadas en las galerías de su arquitectura colonial, de las que Géris disfruta con placer, como lo hacía yo ciertas noches estrelladas de primavera, en las que era posible abrir el techo corredizo para tener una lluvia cósmica. “Es un excelentísimo lugar, el ambiente es muy jovial y relajado. El sitio está a cargo de un francés, Julien, quien ayer a la noche nos ha hecho un asado de diferentes carnes, ¡una más buena que la otra!, cocidas en un horno para pan.”

También nos cuenta este francés que ha conocido a otros viajeros interesantes en el hostel; es el caso de una pareja de franceses venida de Chile que había organizado una degustación de pisco chileno con jugo de limón -que yo conocí como “pisco souer” en Perú, sólo que con clara de huevo, azúcar y limón, además del pisco, y sobre la cual los peruanos se disputan la autoría con los chilenos, como tantas otras cosas-, bebida a la que describe como ‘agresiva’, “les juro, eso existe”, aclara luego. Más tarde, confiesa, vendría la degustación de cervezas y las risas hasta las 4 de la mañana, por lo que mientras escribe, al día siguiente, le duele “el cabello”.

Para los días siguientes, junto con otros turistas que encontró en la ruta, planeó tomarse tres días para descubrir los paisajes magníficos y los pueblitos de este rincón de los Andes. Pero, mientras tanto, se quedará tomando una siestita en las hamacas del hostel; “¡son duras las vacaciones!”, exclama, provocativo.

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