Hacia culturas y tierras poco exploradas
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VIAJANDO POR PARAGUAY CON UNA FUTURA LINGÜISTA
-Por Cecilia Hauff-
“En este momento estoy sentada frente a una computadora, mientras que por la ventana, a mi izquierda, puedo ver a una vaca almorzando. No es nada fuera de lo común eso (si fuera Resistencia, podría ser un caballo); lo que sí es un espectáculo es que, más allá de la vaca, sólo hay campos verdes, cerros y un cielo celeste que invita a dejar el teclado…” Gisela tiene 22 años, vive en Resistencia (provincia argentina del Chaco), y estudia Letras en la misma universidad que yo. Como supe que había realizado un viaje extraordinario a Paraguay, me puse en contacto con ella para que nos contara un poco acerca de sus experiencias.
Gisela está por 45 días en El Naranjal, a unos 370 km de Asunción, cerca de la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina. Pasó 20 días en una comunidad aché, y como no sabía bien quiénes son, me puse a investigar un poco y me encontré con datos curiosos.
Los aché, o axé, (“hombre”, según su autodenominación) constituyen una etnia muy poco estudiada y en peligro de extinción. Son aborígenes nómades en proceso de sedentarización forzada desde los años ’70. Tienen rasgos propios que los diferencian notablemente de las demás etnias. Se dice que hablan un guaraní arcaico, pero además tienen el sustrato de una lengua propia con características específicas, como ocurre con sus genes. Y este dato es interesante porque una de las teorías que pululan es que son descendientes de un antiguo contacto de tribus nativas con vikingos. Cada tanto aparece alguno con barba, rastros de pelo crespo y rubio, y ojos claros. Otra teoría dice que son descendientes de asiáticos, pero esa es la teoría general para toda América, serán migraciones posteriores. Parece que los aché han sufrido maltratos por décadas, recién en los ’90 empezaron acciones solidarias de todo tipo.
Hace poco escuché una leyenda fascinante sobre estos vikingos, pero esa será otra historia porque Gisela está impaciente por contar sus vivencias con los aché. Esta futura gran lingüista me recuerda al ejército de jóvenes alemanes que realizaban trabajos voluntarios en los pueblitos de las sierras ecuatorianas, atraídos por diferentes organizaciones, algunas religiosas, no muy lejos de Otavalo, y se veía que la pasaban muy bien. Sobre todo porque Gisela tiene sangre alemana y no lo puede ocultar en sus rasgos. En El Naranjal, se aloja en casa de una familia que, como ella, pertenece a la organización LETRA Paraguay (Latinoamericanos en Traducción y Alfabetización, que traduce la Biblia y otros textos a lengua indígena).
“Es un pueblito de granjeros brasileros, –dice- ubicado en la provincia de Alto Paraná. La ubicación es estratégica porque está a pocos kms de distancia de varias comunidades aché, como Puerto Barra o Ypetimi…” Si bien Gisela está allí, con fines bien específicos, sabemos que cada uno encuentra sus propias razones para viajar, y lo que quiero destacar de este viaje, es la experiencia de esta chica en este lugar extraordinario y poco explorado, con una riqueza cultural y natural excepcionales.
“Las actividades hasta ahora fueron muchas y variadas –cuenta-. Pasamos 20 días viviendo en las comunidades aché… 20 días que creo que me cambiaron para siempre. Los aché son las personas más cariñosas, hospitalarias y alegres que conozco. Acompañé a un grupo de americanos que trajeron donaciones y entre todos construimos 4 duchas en la comunidad más carenciada de las tres. Estuve intentando aprender algo del idioma aché, aunque también se usa mucho el guaraní. Fueron días de aprender más sobre la cultura, la gente…” A su vez, Gisela asegura que, a su manera, y dentro de sus posibilidades, intenta dejar algo en la comunidad para mejorarla.
Además, transmite muchas ganas de ir a conocer estos paisajes subtropicales que para ella forman parte de “un pequeño paraíso, con sus árboles, su tierra colorada y su gente, tan amable.” Dice que Cerro Morotí, el sitio donde se encuentra la comunidad aché que visitó, se proyecta como destino turístico para el año que viene, ya que tiene una cascada de 5 metros y cerros especiales para practicar senderismo. Las noches estrelladas son las más impresionantes que vio, y sobre el clima dice que “hace calor pero se soporta mucho mejor que en las ciudades, con algo de tereré bien frío, hamaca paraguaya y buena compañía…”
Gisela tiene planes de volver a este país en abril y luego, cuando termine la universidad, le gustaría mudarse para trabajar una temporada por allá. “Paraguay tiene mala reputación en Argentina por ser un destino “inseguro”. Eso es en parte realidad, más que nada en Asunción (sufrimos un robo, rompieron un vidrio de la camioneta y se llevaron de todo). Pero no hay que dejarse llevar por las malas lenguas. Yo encontré que este país vecino tiene una tremenda riqueza cultural, natural y claro, lingüística. Con decirte que caminando por la calle principal de El Naranjal ¡escuchás alemán, portugués, guaraní y español!”.
A mi me contagió las ganas… Y es que siempre escucho comentarios tan positivos de los viajeros que pasan por este país vecino… ¡Nos vemos en cualquier momento, Paraguay querido!
*¡Muchas gracias a Gisela D. por colaborar con su relato y sus fotos!
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