Erke, charango y bombo en Salta y Jujuy
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MONOPOLIO Y CONTRACORRIENTE DE PEÑAS EN SALTA:
-Por Cecilia Hauff-
Los primeros días de enero de 2009 viajé con mi amiga Noel a Salta y Jujuy. La pobre tuvo que bancarse que en Salta, ciudad hermosa a la que siempre vuelvo, me reencontré con un viejo amor, Emiliano, que nos recibió en su casa con todo el afecto y la buena onda de su familia y sus amigos.
El plan original era hacer turismo folclórico, ya que a las dos nos encanta la música folclórica de nuestro país, y sus danzas. El año anterior habíamos asistido a un taller de danzas de este género, y esperábamos culminar el ciclo con un viajecito a Salta, uno de los centros donde la cultura tradicionalista está más explotada que en otras regiones de Argentina, lo que significa que hay más festivales, espacios y gente, dedicados al género; es decir, que Salta era para nosotras el mejor lugar para poner a prueba lo aprendido, algo así como la Meca de la zamba argentina. Pero al final, esta hermosa debilidad que tenemos los seres humanos cuando Eros nos saca de quicio con sus flechas envenenadas con mejunjes de pasión, hizo que el plan original mutara un poco, y que Noel no la pasara tan bien durante algunos ratos por mi perdición. Así que, consejo para viajeros, si algo irresistible se le pone en el camino, sea prudente con su compañero/a de viaje, no lo desatienda, busque el equilibrio, intente ser racional.
No pudimos ir a las peñas de Salta –lugares donde generalmente uno puede alimentarse, escuchar, ver y bailar folclóricamente- porque los precios excedían nuestro presupuesto. Las míticas peñas como Balderrama, a orillitas del canal, como dice la canción, no eran tan populares como esperábamos que fueran, no sé quiénes son los que asisten habitualmente, pero me imagino que son más extranjeros que argentinos.
Eso nos decepcionó bastante así que decidimos olvidar las peñas desorbitadas, postergar un poco las ganas de chacareras y zambas acumuladas, y viajar hasta Tilcara, en Jujuy, donde supuestamente comenzaba el “Enero Tilcareño”, festival que se hace cada año y que, entre otras cosas, tiene mucha movida folclórica. Y, entre esas muchas cosas, hay demasiados turistas, principalmente provenientes de Buenos Aires, Salta y Tucumán. Ya había asistido otros años al enero tilcareño, y siempre es un tumulto de gente, no queda lugar ni para armar la carpa; de noche hace mucho frío, a veces llueve, la gente se emborracha mucho, y todos se divierten mientras la policía va echando a los fiesteros de los lugares públicos que interrumpen la paz de este apacible pueblo, después de cierta hora de tolerancia. Entonces los turistas se recluyen a orillas del río, tiemblan de frío, de alegría, de éxtasis; guitarrean, se emborrachan, se conocen, se enamoran un rato, bailan, y algunos la pasan muy bien y otros no tanto. Digamos que en todo hacinamiento humano como este se producen conflictos de convivencia. Pero está claro que todos quieren ir al enero tilcareño; y por algo será.
Nosotras, sabiendo todo eso, queríamos ir también, principalmente por sus peñas llenas de vida y alegría donde dos o tres años antes –con Fede, con Claudia y con Pili- pagué sólo dos pesos por entrar y sentir el rugido de un erke sobre nuestras cabezas rajadas con sonrisas enormes, siguiendo el balanceo de chacareras, gatos, zayas, carnavalitos y zambas. Fue en ese viaje anterior, cuando al verla a Pili bailar, una amiga salteña, como en una visión fabulosa, todas las zamba posibles con los mozos que se le animaran, en medio de la plaza de Tilcara entre una multitud de guitarras y turistas amontonados; fue entonces, por sus movimientos audaces que me contagiaron algo adentro, que me enamoré definitivamente del folclore, de las emociones que transmite, de su belleza. Todo eso hacía que Tilcara pareciera la mejor alternativa para saciar nuestras ganas de folclorear, y alejarnos un poco de Salta, donde yo sólo me dejaba llevar por las pasiones y podía arruinar el viaje que habíamos planeado al principio.
Sin embargo, Salta tiene lo suyo y no nos iba a dejar ir decepcionadas. Emiliano y sus amigos nos prepararon una guitarreada con un riquísimo asado bajo la lluvia en casa de uno de ellos. Vale la pena mencionar que se dice que en Salta todo el mundo sabe algo de música y tiene algo de filósofo, al menos es lo que yo percibí durante los dos años que viví entre salteños. Y es verdad, todos tocan la guitarra o el bombo y/o cantan folclore; es como la base de la salteñidad. Después, si algunos trascienden el modelo, ya es otra historia. Pero éste es un fenómeno hermoso que hizo que me quedara prendada de ese pueblo de inmediato, hace algunos años.
Lo de pueblo filósofo también es cierto, será pura filosofía de la calle, pero yo creo que son las montañas y el vino los que inspiran esos estados contemplativos en este recodo del mundo; y no era para menos mencionar estos detalles, ya que completamos el cuadro folclórico reuniéndonos en casa de un estudiante de filosofía con el que mantuve una acalorada discusión sobre Foucault. Así que esa noche tuvimos nuestra peña privada donde todos se lucieron cantando con toda la energía de sus gargantas, incluso Noel, que se conocía todas las canciones y que me sorprendió porque había sido la primera vez que la escuchaba cantar, encima en público, y con una desinhibición increíble. Yo no podía cantar, primero porque hubiera arruinado aquella noche inolvidable, segundo porque estaba demasiado emocionada disfrutando de las voces del amor, la amistad, la hospitalidad de la gente que uno acaba de conocer, las miradas, las sonrisas, el espíritu musical de letras que nos hermanan, el tumtunear de un bombo legüero que producía los latidos de aquella noche, con los intervalos de locura rítmica de la caja mulata de Emiliano; la lluvia, el frío, los sueños tibios… Tuvimos la mejor peña salteña que podíamos esperar, hasta bailé unas chacareras, y Noel tocó el bombo. Hermoso.
CHACARERA CON ESTILO POLACO EN TILCARA:
Los padres de Emiliano tuvieron el hermoso gesto de llevarnos hasta Tilcara en auto, tanto cariño me robaba lágrimas; y ahí nos quedamos, Noel y yo, en un camping de piso terroso, pelado, sin pastito, como la mayoría de los campings de la puna; así los mimos y las comodidades de la ciudad quedaban atrás para provocar una pizca de aventura en el viaje relámpago a Jujuy. Inolvidable el viento del atardecer puneño, arremolinaba el polvo en los cabellos, pestañas y dientes. Aúlla el viento, sonaría en los hilos de la carpa como si fueran cuerdas de un instrumento, si los tuviera, pero como no los tiene, nuestro pequeño reparo amenaza con salir volando; el peso de nuestras mochilas gemelas nos salva. La primera noche tuve mucho, mucho frío, a pesar de la bolsa de dormir térmica, supuestamente de buena calidad, pero la amplitud térmica entre los días y las noches no pasa desapercibida. Para nada.
Tan apuradas estábamos por llegar al enero tilcareño, que llegamos muy temprano; los primeros días de enero, por lo visto, todavía no pasa nada. El pueblo estaba vacío en relación con otros eneros que tenía en la memoria, las peñas populares cerradas aún, y sólo los reyes magos paseando en camioneta con una escandalosa y aguda batucada, perturbaban la tranquilidad de las callecitas enmarcadas entre casas de adobe y montañas de terracota en diferentes tonos. Por la noche los niños hicieron un desfile para los habitantes del pueblo, más que para los turistas, con el que despedían a los pesebres. Algunos de los grupos que desfilaron parece que bajaron de las montañas para llegar a la fiesta, como seguramente lo vienen haciendo desde tiempos inmemorables. Agudos y chillones son sus ritmos, un carnaval que mezcla lamentos y alegrías, dos caras de la misma moneda de la vida.
La primera noche salimos a buscar una peña; nada. Terminamos en una pizzería muy new age donde una pareja de músicos de Buenos Aires daba un espectáculo folclórico. La verdad es que la pegamos, no era el folclore popular que buscábamos, tenía más un tono academicista, cierta vibra de perfección que conmovía, me gustó mucho. Salimos del restaurante y queríamos encontrar una pista de tierra donde se sacudieran alpargatas al compás de unos bombos, pero nada…
Terminamos la noche de una manera exótica para el ambiente, e inesperada, en una fiesta reggae al fondo de un chalet cuya arquitectura nada tenía que ver con las fachadas coloniales. Había una banda en vivo y mucha gente que hacía rato que había despegado. Probamos una cerveza Norte, temblamos un poco al ritmo del rocío de la madrugada, más que al de la música, contemplamos el circo de los caídos que volaban, y nos fuimos a la carpa a refugiarnos de las noches heladas de los veranos tilcareños.
Al otro día fuimos a Iruya; esa es otra historia. A la vuelta, reincidimos con las peñas; terminamos en otro restaurante para turistas, con folclore en vivo, con precios altísimos que sólo nos permitieron probar un tamal y una empanada de llama a cada una –he probado sabores mejores en peores sitios- y disfrutamos de varios grupos que iban pasando por el reducido espacio del escenario.
Muy lindo el espectáculo, pero no había lugar para bailar, y los pies se nos inquietaban bajo la mesa queriendo escapársenos a hasta alguna pista de baile improvisada. Pero no se podía. Hasta que, con la última canción, el cantante invitó a bailar una chacarera a una pareja como despedida. ¡El primero en levantarse fue un polaco! Como el espectáculo tenía animación, al principio nos habían preguntado, mesa por mesa, nuestros orígenes y, cuando vi que el polaco se paró para bailar, la primera reacción que tuve fue reírme porque creía que se proponía a hacer un espectáculo payasesco. La dama que impulsaron a la pista los de su mesa era salteña, así que parecía que íbamos a tener a un payaso y a una bailarina de las mejores; pero no, el polaco me dejó con la mandíbula tocando la mesa. Nunca vi un hombre bailar con tanta gracia y personalidad una chacarera. Primero, que lo hacía muy bien según las reglas de la danza; segundo, que le daba un ritmo propio, un balanceo muy particular, una forma de castañear muy alegre, sin romper el esquema. Nunca dejó de ser chacarera, pero era polaca. Toda la vida me voy a quedar con la duda de cómo es que este polaco bailaba tan bien esta danza; no sólo el tango es for export; fue maravilloso ver que nuestros ritmos trascienden fronteras y llenan de alegría a turistas de países que se nos hacen tan lejanos. Pero que quizás no lo son tanto, porque el Chango Spasiuk, gran acordeonista misionero que me encanta, es descendiente de inmigrantes de esa misma región, y algo me dice que hay un lazo común entre los ritmos folclóricos de alguna región de Europa del Este y los argentinos. Conclusión, la chacarera argentina con ritmo polaco atarantelado, es una fusión muy buena.
De esa noche también me queda la imagen del erke sobre nuestras cabezas, que era lo que no quería perderme en ese viaje. El erke es un instrumento de viento, una especie de cuerno larguísimo que usaban los pastores de la puna para comunicarse de cerro en cerro, su sonido te hace vibrar algo en el pecho. Cuando suena hay algo en mí que se despierta, algo mágico que viene del erke, y pude sentirlo esa noche, otra vez.
Con el final de la música se cerraba el restaurante, y nosotras nos quedamos con toda esa energía y con ganas de seguir folcloreando a las dos de la mañana, deambulando por las calles frías de Tilcara; pero nada, habían otros como nosotras buscando la fiesta de la Salamanca, pero nada hallamos. Así que una carpita en la espesura estrellada y ventosa, nos devoró entre los cerros, hasta la próxima oportunidad de carnavalear en el noroeste argentino.



































Mayo 6th, 2009 at 4:44 pm
Gracias por la grabación del erke, interesante tu página y muy sincera. Estoy buscando hace tiempo sonidos de erke y no encontraba. En realidad quiero hacer uno para ejecutarlo yo mismo, me encanta lo considero algo supremo similar quizas a tus sentimientos.
Un saludo para vos Cecilia
Mayo 6th, 2009 at 5:23 pm
A
Mayo 7th, 2009 at 8:21 pm
Gracias Mariano,
me encanta el erke a mi también. Cuando lo termines de hacer avisame! saludos
Mayo 12th, 2009 at 8:15 pm
Tendrías que haber venido a Santiago del Estero, si lo que buscas es peñas y lugares económicos. Aquí hasta hay peñas gratis (por lo general) y las peñas que se pagan no superan los $10. Ademas de ser “cuna de poetas y cantores” uno puede amanecer y a veces hasta llegar al almuerzo empezando desde las 21hs de la noche anterior… a puro folklore santiagueño…
Por lo visto fue buena tu experiencia en Salta y Jujuy, que por experiencia, son lugares excepcionales.
Espero que en tu próximo viaje… si tienes ganas de conocer realmente la chacarera la zamba y el folklore en si… te recomiendo que vengas a Santiago, “tierra de tradiciones”.
Saludo Grande!
Mayo 14th, 2009 at 10:31 am
Es verdad, nos vamos pa’ Salta, pero casi todas las canciones que bailamos son santiagueñas. A ver qué viajecito nos recomiendan los santiagueños
Mayo 15th, 2009 at 9:53 pm
Estimada “Cecilia”
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Septiembre 25th, 2009 at 11:08 pm
Cecilia que tal la temperatura en Salta y Jujuy en enero??